Confianza
(De confiar)
* f. Esperanza firme que se tiene de alguien o algo. (Tomado de: http://lema.rae.es/drae2001/srv/search?id=ttIyhpiT7DXX2p26VbYf)
Muchos de los que me rodean consideran que soy desconfiada, que no cedo fácilmente y que cuestiono la palabra del otro.
En parte es verdad. Llevo días pensando en ello, y la forma en que nos acercamos a los demás y brindamos nuestra confianza tiene que ver con el dolor.
Es curioso cómo muchas cosas tienen que ver con él. Cada quien narra la historia desde sus vivencias, desde su dolor.
La confianza es como el amor: no se puede vivir siempre sin él. ¿O acaso puedes vivir desconfiando de todos? Yo no puedo. Es verdad que no confío fácilmente, pero mi confianza ciega se encuentra depositada en aquellos a quienes amo profundamente. Y aquí viene la pregunta: con el fin de protegernos, ¿dejamos de confiar? ¿Acaso el no hacerlo no causa más dolor? Nos protegemos de la decepción y, para ello, cerramos puertas. En mi caso, no podría hacer eso.
No puedo escuchar al que amo y no creer en sus palabras. Sé que si falla el dolor será insoportable, pero prefiero ese momento y ver cómo lo supero a escuchar y no creer cada día en sus palabras.
¿Significa acaso que no me protejo? Pues sí lo hago. Me comparo con mis partidas de Age of Empires, cuando jugaba con el padre de mi hijo y luego con mi pequeño. La forma en que construyo mis fortalezas me ha resultado útil a lo largo de los años.
En ellas va primero el punto central en el cual se mantiene aquello que le da vida a la aldea. Esa parte va protegida con torres y envuelta en la que llamaría una primera muralla. Más allá de la primera, van algunos elementos ya presentes en el primer círculo junto con más construcciones de guerra y envueltos en la segunda muralla.
En el tercer círculo van más refuerzos, y si se pierde, no resulta tan indispensable. Y claro, para acceder a cada círculo tienes que pasar por una sola puerta, todas distantes entre sí y protegidas con torres. Las murallas van fortificadas, de dos o tres líneas cada una. Un solo túnel de entrada y torres de vigilancia fuera.
Así de simple, todo por etapas para poder acceder. Dentro, encuentran todo a puertas abiertas. Todo para tomar.
Es verdad, cuando las murallas caen ante los que amamos y nos decepcionan, nos rompemos como piezas de cerámica, frágiles y delicadas. Cocidas a fuego, pero no por ello absolutamente hermosas.
Los que nos hemos fracturado una y otra vez encontramos la manera de armarnos o de recoger los pedazos para guardarlos en esquinas olvidadas.
Recordé las piezas de cerámica llamadas Kintsugi y pensé que el obvia la comparación con ellas. Piezas que se han roto y han sido reparadas con láminas de oro, haciéndolas incluso más bellas.
¿Cómo podríamos ser algo así? ¿Cómo podríamos, pese a estar quebrados, ser increíblemente hermosos, pese al dolor, al frío y al abandono?
Sin duda, no puede ser estando a la defensiva. Sería mejor que aquel que nos mire a los ojos pueda recorrer esas líneas, sin que estas produzcan dolor. El dolor hace que midamos a los demás con la misma regla con la que medimos a aquellos que nos lastimaron, pero no es justo. No podremos ver la belleza del otro si nuestros ojos están nublados, si nuestras partes no están juntas.
Sí, somos un mar de gente quebrada, herida y lastimada. El amor puede ser esa lámina de oro: el amor a nosotros mismos. La oportunidad de mirarnos al espejo sin llanto en los ojos, con una luz propia, con nuestra paz interior…
Tenemos que ser como una Kintsugi, para que así la confianza no se pierda, no se pierda la esperanza, la luz interna. Para que no seamos pedazos incompletos frente al otro. No es justo que los que llegan a ofrecernos amor, solo tengan una parte, tengan fragmentos, tengan piezas y desconfianzas.
Es doloroso creer, pero para mí, es más doloroso no hacerlo. Para mí la vida tiene sentido si creo en sus palabras, tiene sentido si escuchando sus voces me basta para sentir que todo está en su lugar. Si creo que de saltar una vez más a la oscuridad de lo desconocido, la vida no me dejará tocar fondo y me dejará una vez más donde tengo que estar.
Creer es fundamental. Para mí, la palabra es todavía lo más valioso que podemos ofrecer: la certeza de que nuestras acciones y nuestro sentir van de la mano.
No hay que perder eso.
Hay que insistir.