Acerca de mí

Julio de 1997

Llegué un poco antes de las once de la mañana a la Sala de Conciertos. Me encontré con algunos conocidos con quienes conversé de asuntos triviales, pero no habían pasado ni cinco minutos cuando el Mundo se derrumbó. Él se había casado con otra mujer y viajaría a Estados Unidos al día siguiente. Nos habíamos visto la noche anterior y no tuvo el valor de decírmelo personalmente.

Recuerdo la densidad del tapete rojo vino bajo mis pies; recuerdo la luz que entraba por las ventanas de la sala de espera, la cual, como si fuera un filtro fotográfico actual, fue perdiendo densidad hasta convertirse en una iluminación tan leve que apenas me permitía caminar sin tropezar. Las voces de las personas a mi alrededor, quienes continuaban moviendo los labios, eran inaudibles; se habían transformado en un eco lejano, similar a cuando alguien grita en medio de una montaña helada y no logras descifrar lo que te intenta decir. Solo logré procesar una frase que terminó de clavarme una gran estaca en el pecho: “Lo siento, no tenía idea de que no te lo había dicho”.

Aún hoy, escribiendo este texto casi veintinueve años después, siento una punzada en el centro de mi pecho, aunque nada comparado con la devastación de ese día. Al menos hoy tengo algo claro: de amor no me muero.

En medio del caos, el Universo activó su red de sincronías y me sostuvo a través de mi profesor de guitarra. Fue un encuentro inesperado que me contuvo cuando estuve a punto de desvanecerme en un lugar que, poco a poco, se iba desdibujando a mi alrededor. Pasamos a la sala de conciertos y nos sentamos juntos. Las luces del auditorio se atenuaron y el arpa quedó iluminada en el centro del escenario. El director hizo una introducción y entraron los músicos; entre ellos, estaba Él. Anunciaron su matrimonio en voz alta, y la felicitación unánime del público se escuchó como un trueno que cae a pocos centímetros de distancia. Su amigo —quien me había soltado la noticia minutos antes— seguramente le escribió una nota rápida antes de empezar, advirtiéndole de nuestro encuentro y de mi notable reacción. Tras el anuncio, Él me buscó con la mirada entre la multitud. Cuando nuestros ojos se cruzaron, solo vi su profunda tristeza, y sé que él vio la mía. Lo que no alcanzó a notar fue cómo, justo en ese instante, las leyes de la física se rompieron dentro de mí: un agujero negro acababa de nacer en el centro de mi pecho, devorando toda la luz, preparándose para congelar mi mundo y dar origen, una semana después, al Ártico.

A lo largo del concierto nuestras miradas se encontraban y yo apenas podía contener las lágrimas. Una vez terminó, las personas de las primeras filas, quienes eran sus amigos y familiares, se acercaron efusivamente al escenario; en ese instante me levanté y seguí a mi profesor de guitarra, sin voltear a mirarlo a Él una sola vez más. Apenas podía caminar. Necesitaba salir de allí de inmediato. El piso bajo mis pies se agrietaba y se hacía cada vez más inestable; las paredes se cerraban a mi paso y apenas podía inhalar el aire suficiente para no perder el conocimiento. Las voces y los sonidos que provenían de la calle eran taladros en un cuerpo cada vez más debilitado. Necesitaba llegar a un Lugar seguro; debía alejarme de ese auditorio lo antes posible, antes de descomponerme en partículas de infinito dolor y tristeza en pleno centro de Bogotá. Ya había perdido a personas importantes en mi vida, ya había asistido a varios entierros, pero esto… esto superaba por mucho las penas vividas anteriormente.

Salimos por la puerta de atrás de la sala de conciertos y yo caminaba pegada a la espalda de mi profesor. Curiosamente, hoy no recuerdo su rostro, pero sí sus zapatos; eran lo único que mis ojos seguían en ese recinto con la desesperada esperanza de escabullirme, y con el pavor absoluto de que Él viniera corriendo detrás para decirme algo que yo ya no quería escuchar. La biblioteca parecía un laberinto interminable, pese a que durante años había asistido allí a diferentes eventos; de pronto, el edificio se convirtió en una trampa de la que sentía que no podía huir, un pasillo cuya salida se alejaba a medida que yo aceleraba el paso.

Al salir, me encontré en la cuadra frente a la universidad donde mi padre dictaba sus clases de derecho constitucional. Era domingo y había pocas personas en la calle. Mi profesor me hablaba, pero yo no contestaba; mis cuerdas vocales se habían congelado. En ese momento llegamos a la esquina. Lo miré, él se despidió y se alejó. Me quedé contemplando el cemento de la acera, aún con esa punzada en la espalda que sientes cuando una amenaza te acecha por detrás. Por un instante me quedé helada, de pie, suspendida en la duda atroz de huir o morir allí mismo, inmóvil. Esperé a que un carro pasara por la estrecha calle. Bajé un pie de la acera… y, por alguna razón, a lo largo de estos veintinueve años, no he podido recordar qué sucedió durante la hora siguiente.

De alguna manera llegué al apartamento de un amigo al que, en ese universo que estaba surgiendo, nombré como “la montaña cubierta de niebla”. Tras dar aquel paso ciego en el pavimento, una hora después y por mecanismos que aún desconozco, me encontré parada frente a su edificio. Timbré y él contestó. Lo siguiente que guardo en la memoria es estar bajo el sol, sentada en su mecedora. Él fue a bañarse antes de que saliéramos a almorzar, dejándome allí, junto a la ventana, mientras mi ser —no solo el físico, sino también el mental y el emocional— comenzaba a enfriarse. El contraste era brutal: el sol me quemaba la piel con saña, pero por dentro sentía un frío glacial que empezaba a consumirme. Del dolor intenso y punzante pasé, poco a poco, a la aterradora sensación de haber perdido esa parte de mi cuerpo; como cuando el montañista se queda atrapado y el frío y la montaña lo van devorando lentamente, hasta hacerlo parte del paisaje helado.

Por horas fui incapaz de vocalizar; solo escuchaba su voz a lo lejos. Él hablaba y hablaba sin obtener respuesta alguna de mi parte. Esa tarde, seguramente, él sostuvo un interesante monólogo del que jamás fui capaz de recordar un solo fragmento en los años venideros. Comimos, volvimos a su apartamento y, cuando se hizo de noche, bajamos y me dejó en ese colectivo negro que me llevaba a la esquina de mi casa. Tampoco recuerdo el trayecto en el transporte público ni mi llegada. Lo siguiente en mi memoria son las sábanas heladas y mi imperiosa necesidad de ponerme varios pares de medias, una pijama sobre otra y meterme en mi sleeping de -10° bajo una montaña de cobijas. Simplemente no lograba recuperar el calor. Mi cuerpo me había abandonado mientras yo luchaba por no congelarme.

No lloré esa noche, ni las siguientes; al menos no de manera voluntaria. Resistí al frío que me consumía. El silencio absoluto solo fue roto por una canción que comenzó a sonar en bucle dentro de mi cabeza: “The Hounds of Winter” de Sting. Se sentía casi como un llamado de auxilio o como una canción de muerte; no lo sé. Pero en los días siguientes, eso fue lo único que quedó, aparte del frío que ya se había extendido por completo a mi habitación.

A partir de ese día, la música empezó a doler como astillas de hielo clavadas en el cuerpo. Me encontraba sola. Pese a vivir con mi padre en ese momento, no recuerdo haberlo visto por días, y eso no era raro. Los Gutiérrez siempre hemos sido una especie solitaria, aun entre familia. La música comenzó a doler; literalmente toda. No la soportaba. La clásica, el metal... cualquier pieza que colocara me producía un dolor tan agudo que no entendía cómo no me estaba desangrando físicamente por ello. Pasé casi dos años en un mutismo musical absoluto, y fue un cambio dramático. Hasta entonces, la música había formado parte de mi vida de manera significativa; cada mañana, lo primero que hacía era escoger una melodía que marcara el ritmo de mi jornada, un himno diario al amor, la vida y la esperanza. Tras ese julio de 1997, aquello nunca volvió a ser lo mismo. Incluso hoy en día, es un ritual que jamás regresó. Se convirtió en un ritual sin alma.

Aún inmersa en esa espesa neblina helada que me rodeaba, comencé a estudiar la carrera de Artes Plásticas en la Universidad Nacional. Mis primeros trabajos todavía no hablaban sobre esa herida reciente; me centré en hablar de dolores mucho más antiguos, ya que ni siquiera yo era consciente de la profundidad de esa fractura. Preferí volcarme sobre otros duelos: la sacralidad perdida del cuerpo, los ancestros y las memorias.

En la academia me reencontré con la historia y la geografía, dos asignaturas que durante mi etapa escolar me habían llevado a perder el año porque no les encontraba el menor sentido. Sin embargo, al comenzar a estudiar la Historia del Arte, mi Mundo se iluminó; aquella teoría que antes parecía tan abstracta, de pronto cobró un sentido absoluto. También descubrí la teoría del arte y, en ella, la semiótica: el estudio de la simbología en las imágenes, esos símbolos que le permiten al mundo visual construir su propio diálogo. Así fue como comencé a crear mi propio discurso y, con él, a trazar el camino que me llevaría a abrir las puertas del Ártico como mi propio universo artístico.

Dicen los psicólogos que un proceso de duelo dura dos años. Durante ese tiempo no hablé de mi pérdida con nadie, pero esas lágrimas que brotaban sin mi consentimiento me recordaban, día tras día, que tenía una herida tan profunda que ni siquiera alcanzaba a vislumbrar su fondo. El dolor estaba allí, devolviéndome un grito sordo desde el vacío mientras yo me sumergía de cabeza en entregas, talleres y lecturas, saturando mi tiempo académico al máximo para evitar a toda costa el momento de la verdad: tomar el autobús de regreso a casa y enfrentarme a esas lágrimas rebeldes que se asomaban cada vez que me quedaba en silencio.

La música regresó a mí gracias a los ensayos de la Filarmónica en el Auditorio León de Greiff, donde me sentaba a dibujar la figura humana, un requisito para el tercer semestre. Allí, entre los acordes que volvían a habitar el espacio y los trazos sobre el papel, comencé a vislumbrar lentamente un camino; uno donde, por fin, podía soltar a aquel monstruo que venía consumiéndome durante casi año y medio. Encontré el valor para ir exteriorizando esa tristeza que me devoraba por dentro. Encontré, al fin, la cuerda necesaria para descender a ese agujero negro y rescatar mis propios restos del fondo.

Año y medio después de mi caída, aparecieron los primeros mapas en mis grabados: mapas del Ártico. Aparecieron también los portales a lugares sagrados y, de esa manera, comencé a recorrer mi propia geografía, una que nacía poco a poco a lo largo de los semestres. Me dediqué a estudiar el origen de las religiones y el origen del Mundo a través de sus ojos. Sin embargo, aquellos espacios grabados en el metal, roca y la madera todavía estaban relativamente vacíos.

Fue durante esos semestres cuando comencé a dibujar lo que hoy llamo el pueblo de los ojos negros. Curiosamente, ellos aparecieron primero. Comencé a plasmar sus mundos, su arquitectura, su cultura. Ellos provenían de un sueño recurrente de mi niñez y, luego de muchos años de olvido, renacieron en forma de bocetos justo en el momento en que yo iniciaba mi labor como “cartógrafa del Ártico”. Eso sí, no llegaron a ser formalmente los primeros habitantes de ese territorio; fueron “instalados” con posterioridad a los osos polares, esos guardianes primigenios de los que les hablaré más adelante

El mundo helado ya existía en mi obra y, a través de esos mapas, comencé a dibujar las coordenadas de mis penas y mis tristezas. Ellas ya habitaban un lugar específico; podía reconocerlas y, al hacerlo, sentía que finalmente podría sanarlas. De pronto, en esos misteriosos momentos en los que el artista está fundando sus propios mundos, el Ártico dejó de ser bidimensional y comenzó a volverse tridimensional. Realmente no sé cómo sucedió. Quizás, al habitar un lugar tan cargado de mística como el campus de mi universidad, ese frío simplemente tomó cuerpo y se convirtió en un espacio habitable.

La Universidad Nacional es un lugar donde los árboles mueren de “tristeza”, y no es una simple visión poética: es un hecho literal. Es un territorio donde en los rincones más oscuros se escuchan voces suspendidas, provenientes de personas que ya no están allí; un campus de corredores largos donde el silencio tiene su propio eco y los elementales habitan, de manera activa, un espacio y un tiempo paralelos.

Él regresó a mi vida en tres oportunidades; en dos de ellas desapareció, y en la tercera fui yo quien decidió marcharse. Ya no estaba en la universidad cuando ocurrió su segunda partida, pero fue justamente en ese momento de desolación cuando mis verdaderos guardianes aparecieron en mi mundo exterior. Caminaban silenciosamente; solo lograba divisar sus imponentes siluetas de osos polares a través de la densa niebla que me seguía a todas partes. Mi territorio ya estaba construido, y ahora mis protectores habían llegado. O quizás debería decir que eran sus guardianes: los de Coraline.

Ella se convirtió en mi cartógrafa oficial, la encargada de recorrer y registrar los mundos helados mientras mi realidad me ponía a prueba constantemente. Así comenzó mi historia y la estructura de una obra que llevo años construyendo, pintando y dibujando. Al final, después de tanta ventisca, solo queda grabado en el hielo un texto que le escribí cerca del año 2000, un fragmento que hoy resuena como un mantra de paz en medio del páramo:

Y lo más importante: prometo honrarte aún cuando llegue el momento de partir. Abrir los brazos con cariño para que, incluso en el adiós, el Amor no deje de ser nuestro Señor y nuestra Ley”.
Publicado el 27 de Junio del 2026